La cacería y el Big Mac

hermanos_tsarnaevLos acontecimientos posteriores al atentado del maratón de Boston, es decir, la cacería policiaca de los hermanos Tsarnaev, que involucró a miles de agentes de diversas corporaciones en una de las ciudades emblemáticas de la costa este de Estados Unidos, fueron seguidos por millones de usuarios de Internet, en tiempo real, y por todas las televisoras del vecino país del Norte como una extensión de las mil películas que se han desprendido del 11-S.


La lógica del relato cinematográfico —aderezada por el origen étnico y religioso de los hermanos Tsarnaev— se impuso a la constitución del relato informativo, quizá por vez primera en la historia. Tuvimos en vivo y en directo la cacería real de lo que la ficción ha explotado hasta la náusea. Cualquiera que esté haciendo su tesis sobre la hibridación o la colonización del medio informativo por la técnica cinematográfica o, más aún, por la nueva herramienta de transmisión multipunto-multipunto que es Internet, tiene ya un objeto de análisis insuperable.

Sin embargo, falta la cereza del argumento, y es lo que muy poca gente, casi nadie, ha visto, y que podría significar la misión de fondo del ataque a Boston. Si el de Nueva York fue directo a las Torres Gemelas, símbolo y orgullo del libre comercio, el libre mercado y la supremacía económica del gigante del Norte; si el que cuentan del Pentágono iba dirigido en contra del núcleo duro del aparato militar más grande de la humanidad y si el que abortó en los campos de Pennsylvania tenía destino en la Casa Blanca, ¿qué faltaría? Golpear la ciudad que tiene a las más reconocidas universidades y centros de producción en tecnología de la Unión Americana. El menor de los hermanos Tsarnaev, había enviado un tuit previo a los atentados diciendo: “Esta ciudad no tiene corazón”.

Desde luego, nadie le impone corazón a una ciudad metiendo dos bombas artesanales dentro de ollas de presión y matando a tres, hiriendo a casi doscientos, y dejando sin piernas o brazos a quién sabe cuántos. Estos dos terroristas no actuaron solos. Quizá por la comisión y planeación del acto, sí lo hicieron. Dieron con ellos muy rápido. Pero detrás hay un anuncio: el de una ideología de odio que ya se exhibe fanfarronamente por las cámaras de seguridad con la gorra puesta al revés, que tuitea y que va a seguir golpeando a los infieles de manera aséptica.

La cacería posterior a los actos (o la persecución previa) no es ya —quizá en eso difiera del cine— la que busca un grupo de científicos y técnicos fanáticos (como “Alí el químico”) con acento extranjero, sino a unos mocosos vestidos con ropa deportiva, tuiteros y facebokeros, uno atleta y el otro aspirante a médico, que un buen día se les ocurrió, en nombre de lo que pensaban que era su fe, llenar de tornillos una olla exprés y detonarla a distancia, mientras engullían su reglamentaria Big Mac en el campus de Cambridge.

Publicado en Revista Siempre!

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