Profanaciones

El pasado 3 de mayo, día de la Santa Cruz, un grupo de sacrílegos penetró en la catedral de Nuestra Señora del Rosario, en Culiacán, y quiso dejar claramente señalado su odio contra la fe católica. Las imágenes aterran: lienzos rajados, objetos religiosos mutilados, figuras decapitadas… El móvil, desde luego, no era el hurto. Dejaron monedas y vasos sagrados regados por el suelo. Era algo peor que el asalto: una advertencia de que en México el demonio tiene fuerza, está actuando y necesita que los fieles sigamos sumidos en la modorra para tener campo abierto.

Más allá de los «mensajes» de grupos de maleantes que pudieran desprenderse de este hecho (que no es aislado), a lo que apunta el sacrilegio cometido en la catedral de Culiacán es a que los templos, en nuestro país, el segundo a nivel mundial en número de católicos, ya no se cuidan solos. Que hay que proteger los lugares de culto sagrado no con policías o veladores, sino con nuestro testimonio de vida y con la recuperación total de los ambientes católicos, especialmente de la familia.

A eso apunta la misión permanente de Aparecida. Traduciéndola en palabras llanas: que el anuncio de Cristo entre los bautizados –no dudo que los sacrílegos de Culiacán lo sean— tanto como el testimonio de los católicos, se vuelva un obstáculo moral y espiritual para los que quieren portarse mal en público. Vamos: que sepan que no van a ser «premiados» ni en las redes sociales, ni con «corridos» simpáticos, ni con nuestra indiferencia.

Hay que volver, por el amor de Dios, al temor de Dios. «Si Dios no existe, todo está permitido», dijo Dostoievski. Para los sacrílegos Dios no existe. 

Hay que enseñarles que sí existe. Pero no con bonitas palabras edificantes: con nuestra vida. ¿Qué pasaría si, en casa, volvemos a hablar del temor de Dios y prohibimos que toda la familia vea una caricatura, una telenovela, una película donde se denigra a Dios, a Cristo, a la Iglesia, al Papa, a los sacerdotes, a las religiosas, a los fieles laicos? Uy, no, prohibir no. Eso es malo, dirán. Pues lo otro es peor.

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