El Papa Francisco va en serio con aquello que él mismo denuncia a cada rato como uno de los grandes –quizá el más grande—de los pecados de la Iglesia actual (me refiero a la Iglesia como institución): el clericalismo. ¿Cómo definirlo? Muy fácil, creo yo: diciendo que se trata de poner la caridad por debajo de la organización. Nos tienta a todos: laicos, diáconos, religiosas, religiosos, sacerdotes, obispos y… cardenales.
En la nota sobre la creación de nuevos cardenales por el Papa, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Padre Federico Lombardi, S.I. (al cabo, también jesuita) dijo que el Santo Padre había tenido un criterio de “universalidad”. Quiere significar esto, que la Iglesia es “católica” y no concentrada en los centros de poder económico o de decisión política. Por ejemplo, no hay nuevos cardenales para Estados Unidos (“ya tienen muchos”, dijo Lombardi) y sí los hay para seis países que no habían tenido nunca representación en el colegio cardenalicio (Cabo Verde, Tonga, Myanmar…). También los hay para de comunidades eclesiales pequeñas o en situaciones de minoría o de peligro para los ciudadanos: “la diócesis de Morelia en México, se encuentra en una región sacudida por la violencia”, enfatizó Lombardi). Y es que el nuevo cardenal, monseñor don Alberto Suárez Inda, ni se imaginaba su nombramiento).
Atención: “se confirma que el Papa no se siente vinculado a la tradición de las sedes cardenalicias, afianzadas en razones históricas en diversos países, por lo que el cardenalato se consideraba casi automáticamente ligado a dichas sedes”. En resumen: se confirma que a Francisco le importa un pepino el que alguien se sienta “designado” para “ser cardenal” cuando había hecho “carrera” para serlo. Palo demoledor a la tentación del “carrerismo”. Y en todos los órdenes de la Iglesia.
Publicado en El Observador de la Actualidad