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Amistad auténtica

Llegó a su fin el Sínodo de los Jóvenes.  En un mes no se puede cambiar todo.  Lo que sí queda claro es que la Iglesia católica comenzó a escucharlos.

Antes había “temas-tabú”; hoy no se puede ni siquiera pensar que en la agenda de la Iglesia existan “realidades de las que es mejor mirar a otro lado”.  La explosión de las redes sociales y la sociedad digital no permiten que existan compartimientos a los que solo puedan entrar los “elegidos”.

Si hacemos caso a Bernanos de que “es la fiebre de la juventud la que mantiene el resto del mundo a la temperatura normal”, la Iglesia debe hacerse cargo de temas “controvertidos” y de la Doctrina; hablar de sexualidad, pero, también, de la “higiene” del alma.

Ciertamente, seguir “dictando cátedra” de “arriba hacia abajo” nos aleja.  Debemos ofrecer a los jóvenes una amistad auténtica. Una amistad sincera que los acoja sin juzgarlos y los ame muy a menudo sin entenderlos.

Es tiempo de proponer alianzas y encuentros.  Entra jóvenes y viejos, por ejemplo.  El Papa Francisco no se cansa de decir que son dos grupos “descartados”.  La riqueza en desuso de la memoria, la experiencia y la fe de quien llega a la última etapa de la vida puede ser fundamental –es fundamental– para quienes la empiezan a escalar.

Descubrir esas relaciones de calidad cristiana es el nuevo modelo de Iglesia que ninguna queja ni ninguna crítica nos debería jamás ocultar.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 28 de octubre de 2018 No.1216

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