Aviso a caminantes

La Iglesia no solo produce buenos católicos.  También buenos ciudadanos.  Pero con una condición: que tanto sacerdotes como laicos sepamos dar un paso adelante.  Decir, “sí quiero”.  Como en el altar, a la hora del matrimonio.

El paso adelante consiste en salir de la zona de confort. Ser católicos –y, por tanto, ciudadanos—de tiempo completo.  Echarle la culpa al gobierno, al paso del cometa, a Estados Unidos o a la televisión vía satélite, al PRI, al PAN, al PRD…, es facilísimo.  Lo que no es ni remotamente fácil es sacudirnos la modorra.  Decir, “eso es papel de los laicos” o “que los curas no se metan en mi vida”.

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Hambre, África, nosotros

En pleno siglo de la información global, es difícil, casi imposible, que no sepamos lo que pasa en África.  Sin embargo, casi siempre nos encogemos de hombros: “África está muy lejos”.  Luego, procuremos consolarnos con este razonamiento: “Mejor ayudo aquí”.  Finalmente, ni allá ni aquí.

Es el Domingo de la Misericordia, instituido por San Juan Pablo II para recordarnos que Cristo sigue sufriendo persecución, exilio, hambre y sed. La Misericordia del Padre –esa que nos fue regalada y que nos hace tener esperanza—pide, exige convertirse en obras concretas. 

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Unidad, sí, pero ¿en torno a qué?

Desde que Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos (apenas el 20 de enero pasado) se escucha muy a menudo en boca de los políticos, los empresarios, de nosotros los periodistas, el llamado, casi la exigencia, a los mexicanos para estar unidos.

Todos estamos de acuerdo que enfrentar una amenaza real como la que se cierne sobre México requiere unidad.  Lo que no alcanzamos a entender –ni a definir—es el motivo sobre el cual ha de fincarse ese movimiento que, por cierto, nunca se ha dado en la historia moderna de nuestro país.

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