Vivimos en la sociedad de los desarraigados

Francisco Prieto es un novelista con larga trayectoria en los medios de comunicación y en la academia.  Conferencista, maestro de muchas generaciones, crítico taurino, viajero infatigable y conversador sin par, atiende las preguntas de El Observador (periódico del cual es consejero editorial) sobre la importancia de la verdad en tiempos en que la verdad informativa parece brillar por su enorme ausencia.

–Hoy se ha acuñado un término muy misterioso y, me parece que terrorífico: las post verdad.  ¿Qué síntoma de qué enfermedad es esto?

Post-verdad es un sin sentido y referiría, en todo caso, a un traidor a la verdad, un ser inauténtico. Aparte de que reconocer que hay una verdad, se la reconozca o no, es actuar en consonancia con la razón, la vida intelectual inherente al ser humano, criatura  que, puesto que es libre, lo es también para bestializarse. Vivir indiferente a la búsqueda de la verdad, en la post-verdad que dicen, es aniquilar la conciencia moral y, por tanto, la autonomía de la persona, donde nace el sentido de dignidad.

–Durante tu dilatada carrera como escritor, conductor de programas de radio, defensor del televidente, etcétera, ¿qué importancia se le da a la verdad en los medios?

Hoy imperan el relativismo, la soberanía del mercado, la estadística y como las personas no saben vivir sin creencias, sin convicciones, se radicalizan en causas pequeñas. Dominan las redes sociales y las ideas al uso.

Qué opinas del lugar común: “nada es verdad, nada es mentira; todo depende del cristal con que se mira”?  ¿No depende la verdad de condiciones objetivas?

Cada quien es libre de interpretar en función de datos objetivos, pero no inventar cosas que no tienen sustento en la realidad. Ya (Carlos) Septién García nos dio la fórmula de la objetividad posible: el periodista debe de conocer la materia de la que escribe para describir lo que realmente pasó o lo que estuvo bien o mal desarrollado; debe, también, mostrar el sentir y pensar del o de los públicos; pero, asimismo, tiene la obligación de interpretar desde sí mismo habida cuenta de que una persona puede tener razón frente a mil y que debe de hacer presente por qué, por ejemplo, prefiere un tipo de humanidad a otro.

–¿Qué compromiso debe tener un medio de comunicación con la verdad?

Hoy atravesamos una situación difícil porque en siglos anteriores, aparte de personas cualificadas que buscaban la verdad, que atendían a la crítica, que procuraban la construcción de una conciencia moral, había un grueso de la humanidad conformado por un sistema coherente de ideas y creencias que infundía la escuela, en especial la cosmovisión procedente de la religión.

Ahora, al rebajarse la formación cultural en las escuelas, cada vez es más delgada la élite, las personas de mayor cualificación en conocimientos y sabiduría al tiempo que las escuelas son radicalmente tecnológicas y el grueso de la población queda sometido a los medios y a las redes sociales. En cuanto a éstas, es bueno recordar a Pascal: te busqué porque ya te había encontrado. Si ya encontré, las redes sociales no pueden sino enriquecerme, pero si no, hacen conmigo cualquier cosa.

–“La verdad nos hará libres”, sí, pero es más cómoda la ilusión, la ideología, la consigna de si no vendes no sirves, etcétera.  ¿Es posible la verdad en un país como el nuestro, donde los grandes medios comerciales dictan la norma y califican el prestigio?

Hay una tendencia dominante a ser social y políticamente correcto, o sea, hombres y mujeres han dejado de ser serios y cuando no se tiene la ilusión de construirse cada cuál en función de la búsqueda de la verdad, uno se va despersonalizando, es decir, tornándose como una bestia.

¿Cómo cultivar una relación de pareja cuando el amor lo exigiría, vivir junto con el otro, construyendo y descontruyendo junto con el otro, confrontándose el uno al otro para cambiar el uno al lado del otro? Aquí reside el valor de la fidelidad, la única posibilidad de trascender la soledad. La vida humana es compleja y así como un tigre es siempre el primer tigre, sobre cada ser humano pesa la historia y la necesidad de auto determinarse en libertad.

Vivimos en la sociedad de los desarraigados que, como don Juan, son hombres o mujeres sin nombre, o sea, sin compromisos, es decir, viviendo como si la verdad no existiera. Y don Juan, no se olvide, es un depredador: no tiene ni Dios ni Señor y sólo tiene que dar cuenta de sí mismo ante sí mismo.

 

Publicado en El Observador de la actualidad No. 1125

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