El nuevo mexicano

Fue de los primeros en convertirse al cristianismo. También fue –y sigue siendo—de los mejores: Juan Diego era considerado por sus coterráneos como “muy buen indio y muy buen cristiano”. Hoy la Iglesia católica lo considera entre sus santos. Nosotros, en este país turbulento, haríamos bien en llevarlo en el corazón, como símbolo y camino de encuentro, reconciliación y fe.

Déjenme decir algo un poco escandaloso: la virtud de San Juan Diego fue lo que Etienne Borne llamaba “la virtud de la inseguridad”. ¿Cómo “la virtud de la inseguridad”? ¿Ser “inseguro” es una virtud? Pues sí, si nos fijamos en que, justamente por ello, por no ser Juan Diego un indígena “seguro”, fue capaz de acoger, hasta la raíz, el mensaje de salvación que la Virgen traía para su pueblo; el mensaje de reconciliación que iba a fundar una nueva identidad, la nación que tendría –y tiene—la encomienda de ser el centro de evangelización del Nuevo Mundo (y ahora, del Viejo).

Después de leer El Encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego, por ejemplo, uno se topa con que la conversión del indígena y su papel fundador de México es el proyecto de toda conversión (y de todo país): a Jesús se llega por María, temblando de gozo, dispuesto a correr todos los peligros, a enfrentar todos los obstáculos por anunciar su Nombre ante el que las rodillas se doblan en la tierra y en el cielo. Juan Dieguito construyo una casa de armonía para México: ¡cómo hemos pisoteado su herencia!

Hoy, México está lleno de “seguros”, de gente que no se cuestiona, que no duda, que no se abre a la verdad, sino que permanece en la postura que le reditúa, que le hace poderoso, que le impide esa novedad del alma que es el amor al prójimo. Y por eso encabezamos listas de corrupción, deshonestidad, alcoholismo, obesidad, secuestros, asesinatos de sacerdotes…

Juan Dieguito nos dio una patria de flores que hemos cambiado por un territorio de espinas. Las flores de la “inseguridad”, donde cabe siempre el Evangelio, frente a las espinas “segurísimas” de la violencia y la anulación del otro.

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