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El reto comienza mañana

Acabó el jaloneo electoral.  Viene el tiempo de construir un país con el ingrediente que hasta ayer no había tenido: unión.  Se dice rápido…  La sed de venganza de los perdedores en las elecciones debe ser conducida hacia el trabajo en conjunto. Una grandeza se mide más que por la euforia de la victoria, por la aceptación humilde y solidaria de la derrota.  Es el primer escalón de la democracia.  Y de la libertad.

Aunque a nadie le guste perder, es parte de la vida.  Los pueblos que han conquistado sus sueños –al igual que los hombres—lo han hecho porque han sacado lo mejor de sí mismos en los momentos oscuros, en las situaciones de mayor derrota: en las encrucijadas de su historia.

Sin duda, éste es uno de esos momentos.  Nuestra nación ha sido generosa en sangre, en trabajo, en solidaridad, en fe guadalupana, cuando el infortunio ha tocado la puerta.  ¿Podremos nosotros ser parte de un renacer sin violencia?  Si no, qué poco valdremos a los ojos de las futuras generaciones.

Mi mujer me ha enseñado un pasaje de los escritos infusos de Santa Catalina de Siena: el río es el mundo lleno de revanchas, venganzas, placeres y buena dosis de indiferencia ante el dolor de los demás; el puente para restituir su grandeza es Cristo.  El puente que une a la tierra con la eternidad. Subir al puente no es fácil.  Mucho más fácil es dejarse llevar por la corriente del río.  Hay que imitar a Cristo en sus obras, en su Corazón.  Hay que ser buenos vecinos, buenos hermanos, buenos ciudadanos. Odiar solo al pecado.  Amar al enemigo.  Así haremos la “casita de oración” que pidió construir –en el centro de México– Santa María de Guadalupe.

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