¿Cómo fabricar un(a) candidato(a) confiable?

(Primera de dos partes)

Entre los seis “hallazgos” que encontró John Gramlich, escritor y editor en Pew Research Center en una encuesta realizada la pasada primavera en 38 naciones, sobre cómo los países de todo el mundo ven la democracia, el gobierno militar y otros sistemas políticos, hay uno que nos debería hacer reflexionar de cara a las próximas elecciones presidenciales.

El “quinto hallazgo” de Gramlich es que sólo seis por ciento de las personas en México están satisfechas con la forma en que la democracia está funcionando en su país, la porción más pequeña de cualquier país que formó parte de la encuesta. De hecho el promedio de satisfacción con la forma como funciona la democracia en el mundo es de 46 por ciento.

Esto es, que los partidos políticos mexicanos se andan desgreñando por un candidato(a) que preserve “nuestra democracia”, cuando 93 por ciento de los mexicanos no es que no estén de acuerdo con la democracia, sino que no están satisfechos cómo la “democracia a la mexicana” está funcionando.

Esto último es, a mi juicio, muy importante. Porque a pesar del pesimismo sobre la forma como funciona en el país la democracia, en la práctica la mayoría de los mexicanos aún considera que la democracia directa y la democracia representativa son buenas formas de gobernar (62 por ciento y 58 por ciento, respectivamente).

Es más, alrededor de la mitad (53 por ciento) dice estar de acuerdo en que la democracia debe estar guiada por personas expertas en la materia (la llamada regla de los expertos), mientras que la mayoría de los mexicanos (67 por ciento) tiene una opinión negativa de la regla de un líder fuerte, autoritario, que imponga sus ideas sobre el consenso. Más aún, cuando se trata del gobierno militar, más mexicanos se oponen que apoyan la idea (52 por ciento en contra, versus 42 por ciento a favor).

La reacción típica de nuestros partidos y de sus aspirantes a puestos de elección popular, así como de quienes ya gozan del hueso —derecha, centro, izquierda— es muy parecida a la de los políticos de la vieja ficción de Brecht: si la realidad se opone al modelo de gobierno, lo mejor que se puede hacer —para seguir gobernando— es suprimir, por decreto, a la realidad. Y es lo que ha propiciado tanto pesimismo en México.

¿Qué podrían hacer los partidos y los ciudadanos hacia el primer domingo de 2018, cuando elijamos al nuevo presidente de la República y a cerca de 3,600 puestos públicos más, para que el pesimismo se transforme en esperanza?

Publicado en la revista Siempre!

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