La novedad de la fe

papa-benedictoxviEscoger un tema de los miles que se me presentan como herencia del pontificado de Benedicto XVI es una tarea ingrata. Algunos lo llaman «el Papa de la razón». No creo que sea ésta su principal cualidad. Significaría que Juan Pablo II hubiese sido «el Papa de la emoción», o algo similar Frente a los últimos colosos, Pío XII, Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, ¿cómo decir qué distingue a Benedicto XVI?

Sin embargo, tengo que hacerlo. Y para mí, el punto de mira del legado de Joseph Ratzinger se debe centrar en su convicción (modernísima, revolucionaria) de que la Iglesia ya no convoca, sino que es «convocada» a responder a un misterio que a la propia Iglesia no le pertenece. Lo que en filosofía se llama «revolución copernicana».

Copérnico describió con claridad lo que hoy es una evidencia de jardín de niños: que la tierra gira alrededor del sol y no el sol de la tierra. Benedicto XVI -por su parte- nos hace ver que es la Iglesia la que gira alrededor de la gente, no la gente alrededor de la Iglesia. Sé que no es exacto lo que digo, pero explica lo que este maravilloso anciano ha impuesto como su huella de identidad cristiana en el papado, fruto de su participación y su comprensión del concilio Vaticano II.

Este pensamiento, repito, culturalmente revolucionario, tuvo su expresión máxima en Aparecida Brasil, (mayo de 2007) cuando los obispos de América Latina, iluminados por el pensamiento y la mística del Papa, describieron la Iglesia que necesita, grita y exige el «cambio de época»: una Iglesia (comunidad de bautizados) que salga a visitar al mundo, que sea misionera, que le toque la puerta a la gente y no espera a que la gente vaya y le toque la puerta a ella. ¿Desde dónde? Desde el discipulado; desde el corazón de Cristo. A eso le llamaron «conversión pastoral». Y nos interpela a todos los hijos de la Iglesia.

Si el lector se fija, ése es el sentido de muchas acciones del Papa que permanecieron incomprendidas para la prensa, el mundo de la opinión profesional, la élite cultural y millones de católicos desesperadamente desinformados. Por ejemplo, en el tema de los lefebvrianos, en el de los anglicanos, en el de la pederastia (incluido el tema-Maciel), los preservativos de África, el «discurso de Ratisbona» y, ahora, su renuncia.

La propuesta del Papa es que no hay que esperar a que las cosas sucedan; hay que trabajar y rezar mucho (muchísimo) para que sucedan. E ir -sin titubeos– al centro del desacuerdo, de la doctrina, de la insolidaridad. Al lugar donde la fe ilumine la tiniebla que deja un Cristo expulsado desde el orgullo, el egoísmo o la pertinaz ignorancia.

No en balde se hizo llamar Benedicto. Por San Benito de Nursia. El lema monacal del santo patrono de Europa -«ora et labora»- fue la divisa de Ratzinger. La coherencia entre fe y vida, su razón de ser Papa. Y no es cierto que se vaya. Como Santa Teresita del Niño Jesús, se queda a vivir en el corazón de la Iglesia.

Publicado en El Observador de la Actualidad