Cada “Lázaro” es un don: una llamada a la conversión desde el rincón más triste de África

Muy pocas veces un misionero occidental encuentra rincones como Gode, en Etiopía para poder llevar a Cristo: las dificultades son enormes.  Las diferencias parecerían insalvables.  Pero, para el padre Cristopher Hartley, pareciera ser que las distancias, las diferencias, los problemas y las resistencias no son obstáculos, sino acicates del Evangelio.

¿Cómo llegaste hasta aquí?

Habíamos estado reunidos un buen rato en el locutorio de las hermanas Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Addis Abeba. Allí estaban conmigo la hermana Nirmala, Superiora General de las Hermanas de la Madre Teresa y la hermana Regional para Etiopía. La conversación giraba en torno a un ofrecimiento muy sencillo de mi parte: “Hermana Nirmala, ¿Sabe usted en estos momentos de algún lugar de la tierra donde no hayan podido fundar por falta de sacerdote? Si lo hay, sepa que – sea donde sea – yo me ofrezco”.

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Hambre, África, nosotros

En pleno siglo de la información global, es difícil, casi imposible, que no sepamos lo que pasa en África.  Sin embargo, casi siempre nos encogemos de hombros: “África está muy lejos”.  Luego, procuremos consolarnos con este razonamiento: “Mejor ayudo aquí”.  Finalmente, ni allá ni aquí.

Es el Domingo de la Misericordia, instituido por San Juan Pablo II para recordarnos que Cristo sigue sufriendo persecución, exilio, hambre y sed. La Misericordia del Padre –esa que nos fue regalada y que nos hace tener esperanza—pide, exige convertirse en obras concretas. 

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Misericordia: un regalo para regalar

Tal vez digamos: “África está muy lejos”.  Luego, procuremos consolarnos con este razonamiento: “Mejor ayudo aquí”.  Finalmente, ni allá ni aquí.  Este Domingo de la Misericordia.  El Observador posibilita una oportunidad de aliviar la emergencia material y espiritual de un continente que grita ¡ayuda! en diversos idiomas.

La Misericordia de Dios es un regalo que todos recibimos gratis.  Y los cristianos –para hacer creíble nuestra fe—debemos devolverlo de forma objetiva: que se vea, que se sienta.  Más aún, que se vea y se sienta en aquellos que ni nos conocen ni nos podrían conocer jamás. 

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