Según el cómputo final del ife ésa es la cifra con la que ganó Enrique Peña Nieto las elecciones del pasado 1 de julio. Como nunca sabremos cuánto gastó —realmente— el pri en recuperar Los Pinos, tampoco sabremos jamás a cuánto le salió cada uno de los 19 millones 226 mil 784 votos que tuvo a su favor el candidato electo. Por intuición, observación y padecimiento de la campaña; por el número brutal de espectaculares y de menciones televisivas, podemos concluir que le salió carísimo al pri cada voto.
Las técnicas de adquisición de votos se han sofisticado de tal forma que ya no es necesaria la antigua picaresca del embarazo de urnas, de la “operación tamal” o del “ratón loco”. Ahora hay operadores cibernéticos, estructuras territoriales manejadas por Google, movimiento coordinado por redes sociales, contrainsurgencia en You Tube, guerra sucia con encuestas en el extranjero, espacios no detectables en medios de comunicación locales, restitución del miedo a través de guerrilla psicológica y un larguísimo muestrario de tácticas, entre viejas y nuevas, que tienen en la “operación carrusel” su producto más refinado para “el día D”.
En realidad, no hemos cambiado nuestra democracia. Los candados, contra candados y mega candados del ife o de los institutos electorales locales, que cuestan millonadas, están a años luz de ser efectivos. Nada podrá serlo si no hay un cambio íntimo de los mexicanos. En otras palabras, si comenzamos por no hacerle caso a la propaganda mediática y por no privilegiar la dádiva como forma de afiliación a una organización política. Peña Nieto ganó, en mucho, por su “look” atractivo y postmoderno. Y por el despliegue de recursos digitales, tanto como materiales, que estuvieron a su alcance. Los medios lo treparon a la cima, quién sabe cómo se va a bajar de ahí.
El cambio verdadero habrá de venir de un pueblo bien educado, que reconozca la libertad como conciencia de los límites y la dignidad como un valor no negociable. Dos de cada tres acciones de corrupción que se llevan a cabo en el país —uno de los países más corruptos del planeta— son iniciadas por el ciudadano. Tres de cada cinco ciudadanos confesamos que cumplimos con la ley por miedo a la sanción. No la amamos, la padecemos. Y cuando podemos, la negociamos o la eludimos. Viendo los videos que subieron a You Tube algunos observadores; viendo cómo se negociaba el voto y la cara de tranquilidad con que compradores y vendedores se conducían, nos damos cuenta del por qué los medios —en especial los noticiarios y programas de opinión televisivos— tuvieron tantísima importancia en las últimas elecciones. Porque muy pocos leen. Y al no leer, se está a merced del mejor postor. No se reconoce ni la historia ni la identidad. Se reconoce el billete. Y la suma de sinrazones del prestigio de la pantalla. Ellos (los billetes) y ella (la pantalla) gobiernan al país.
Publicado en Revista Siempre!