Miguel de Cervantes y nosotros

El mes de octubre, para el mundo de la cultura en México, tiene una estación definida: Guanajuato. Un nombre: Miguel de Cervantes. Un apelativo: el Cervantino.

¿Quién de nosotros no ha acudido al menos una vez a las plazuelas y los templos; a los callejones y las escalinatas del Teatro Juárez o al jardín de La Paz a dejarse envolver por la magia del inmortal autor de Don Quijote? La mayor parte de los asistentes no conoce a Cervantes, habrán leído algún pasaje del Quijote, el de los molinos de viento, contarán en su acervo de citas algunas del “Caballero de la Triste Figura” como aquella de “ladran los perros, Sancho…” Pero nada de esto impide el goce del espíritu. Porque las buenas iniciativas culturales son eso: un goce mayor al que aspiramos todos los seres humanos.

La extensión del Cervantino a los estados como Querétaro, más que un premio de consolación, debería convertirse en un reto para los gobiernos y para la sociedad. Lo mismo que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Construir una identidad cultural requiere de talento, más que de recursos. El problema es que el talento que hay en los estados se pierde, generalmente, en los laberintos de las decisiones burocráticas: casi siempre hay “algo más importante que hacer” en la agenda gubernamental que traer teatreros, malabaristas y saltimbanquis a infestar las calles de libertad.

No quiero cerrar los ojos a lo que, en sus 40 años (lo inició en 1972, oficialmente, el maestro Enrique Ruelas, impulsor de los Entremeses Cervantinos) ha tenido de superfluo el festival. Miríadas de borrachos se dan cita para hacer otras cosas diferentes a la cultura. Escaparate de veleidades políticas, de gobiernos corruptos y de creadores insulsos, el FIC ha podido conservar prestigio gracias al propio Cervantes. Ha convertido a Guanajuato —con la ayuda de personajes como Eulalio Ferrer— en la capital cervantina de América.

Comparada con otras obras de relumbrón en el país, la cita cervantina no es cara. Sin embargo, a los gobiernos estatales, cuando se les presenta un proyecto cultural digamos, 75% menor en costo, se les hace un dispendio. Poco o nada saben los funcionarios de lo que es invertir en cultura. Saben —y mucho— de invertir en captura de votos y en promoción audiovisual de carreteras y puentes. El tránsito rodado por encima de la lectura, la expansión del espíritu, la elevación de la dignidad y del desarrollo humano que es lo que se cuece alrededor de festivales como el de Guanajuato o de ferias como la de Guadalajara.

Mi maestro y admirado Pedro Laín Entralgo solía decir que la lectura nos hace ser nosotros mismos, nos hace ser de otro modo, nos hace ser más… Lo mismo puede decirse de espectáculos como el Festival Internacional Cervantino. A más de alguno llegará a tocarlo; a muchos los ha tocado, aunque sea de manera tangencial. El recuerdo de una plaza iluminada con farolas y unos actores aficionados haciendo El retablo de las maravillas quedará grabado en la memoria del más alejado de Cervantes. Algo lo cambiará.

En 1972 Echeverría quería un festival brilloso. Pugnó por ir a Acapulco. La comunidad cultural y los guanajuatenses pelearon para que la experiencia del maestro Ruelas tuviera subsidio federal. Lo lograron. No sé si valga el ejemplo. Igual ahora se va a Toluca… ¿Y Querétaro? Ya es tiempo de algo grande y fuerte aquí. El barroco no tiene emblema. Y la poesía religiosa menos.

Publicado en el periódico El Universal Querétaro

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