El proceso electoral toca a su fin. Tras de las campañas, el silencio. Las urnas y el «nuevo» México que se perfila. ¿Será nuevo? Gane quien gane, la novedad de la Patria consistirá en recuperar la esperanza. Vivimos tiempos amargos. La fe se nos ha querido arrebatar por la historia. Miramos al interior del país y lo vemos devastado por la mentira, la violencia, la sinrazón. Pero Cristo salva. Y su Madre, la Santísima Virgen de Guadalupe, nos sigue esperando, en su casita de oración, para protegernos con su manto de estrellas y de flores.
«Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente», suele repetir, con el Concilio Vaticano II, el Santo Padre Benedicto XVI. Sí, sólo cuando el futuro es Cristo, el presente puede ser comprendido y asumido en plenitud. Si no está Cristo en el final de los tiempos, la vida es un guión dramático y fugaz, escrito por un loco. La certeza de la fe es el único bastión sobre el cual pueden (y deben) fundarse nuestras expectativas.
A las puertas del Año de la Fe, a 50 años del inicio de ese acontecimiento esencial para la Iglesia y para el mundo que lo fue el Concilio convocado por el Beato Juan XXIII, ¿qué podemos pensar, decir, hacer para que la certeza de la fe nos ilumine e ilumine a México? Volvamos a las palabras e intenciones del Concilio: «proclamar la altísima vocación del hombre y la divina semilla que en él está presente, y ofrecer al género humano una sincera colaboración para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación» (Palabras de Benedicto XVI al Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede. 9-1-2012).
La vocación del hombre no se define por unas elecciones. Se define por una pertenencia a una Persona: a Cristo. La divina semilla que vive en su interior es «diría monseñor Fulton J. Sheen»su personalidad, su yo hecho a imagen y semejanza de Dios. Esa semilla hay que hacerla dos cosas: reflexión (y con ella vivir orando) y cultura (para transformar al mundo). La contribución de la fe al orden del amor es sustancial en un mundo líquido, donde lo único sólido es el odio. México necesita a Cristo más que nunca. México necesita creer.
Publicado en El Observador de la Actualidad