¿Quién soy yo en la Resurrección?

El sepulcro vacío y los días posteriores al domingo en que Jesús resucitó, tocaron hondamente a los que lo vieron.  Está su testimonio.  Muchos, finalmente, creyeron.  San Pablo lo dice con claridad: si Él no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe.  Un bonito cuento ético.  Una historia de amor culminante.  Un programa de vida.  Y nada más.

Ante el Resucitado, ¿quién de todos los actores soy?  La respuesta típica: los discípulos de Emaús.  Pero ellos sintieron arder su corazón cuando el peregrino les explicaba las escrituras y más aún cuando partió en su mesa el pan.  ¿Ardo yo en celo por el Evangelio?  Y cuando parte para mí el pan en el altar, ¿siento esa urgencia de ir a contarlo a todo el mundo?

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¿Y si no hubiera resucitado?

sepulcro vacioTodos tenemos la respuesta de San Pablo: vana sería nuestra fe.  Sabemos que el sepulcro vacío es la evidencia del cristiano.  Una paradoja para el mundo no creyente, para los escépticos.  Sin embargo, “paradoja es el nombre que dan los tontos a la verdad”, escribió José Bergamín a Miguel de Unamuno en una carta.

Los negacionista tienen sus ideas.  Y creen que sus ideas –para ser verdaderas– deben coincidir con lo que ellos alcanzan a ver.  A su juicio, “alguien” removió la piedra y se robó el cuerpo; “alguien” inventó la historia.  “Alguien” está mintiendo.

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El sepulcro vacío

sepulcro-vaciioSi Cristo hubiera resucitado el día de hoy, los periódicos, las redes sociales, internet ni la tele lo hubieran notado.   Fue noticia entonces. Hoy, como el vuelo 370 de la Aerolínea de Malasia, hubiera concitado, quizá, el morbo de la gente, la obsesión por encontrar una “evidencia” de que el hecho, realmente, ocurrió y nada más.

Pero, como en el sepulcro nuevo donde pusieron el divino cuerpo de Jesús no había una “caja negra”, queda “a discreción de cada quien” aceptar o no el hecho fundamental de la fe cristiana: que Cristo, verdaderamente, resucitó de entre los muertos.

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¡Et resurrexit!

El sentido de la resurrección de Jesucristo se nos escapa de la mente. Pero no del corazón. Una fuerza renovadora, aunque sea pequeñita, alza la mano en la intimidad de cada uno de nosotros y nos enciende, con el cerillo de la fe, el fuego de la esperanza: no todo es en esta tierra –como decía el cántico náhuatl—no todo es aquí.

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