Otra vez elecciones

La prensa se hace agua la boca con las próximas elecciones, las más grandes que se hayan celebrado en México. No solo por la cantidad de mexicanos que somos, sino también porque son (más o menos) concurrentes: elegiremos al mismo tiempo miles de puestos políticos. Es decir, forjaremos miles de nuevas fortunas en el país. Y esto es lo que duele.

Duele constatar a diario que la política ha derivado en una forma de enriquecimiento personal (salvo contadas excepciones) contrariamente a lo que es: el arte de la verdadera caridad, de la más alta forma de servicio al otro. La santidad no tiene cabida en ella. Es un bonito recuerdo del pasado. Hoy se trata de escalar. De llegar y permanecer. No por méritos, sino por la fuerza.

Los mexicanos asistimos al acto previo de las designaciones estupefactos: todos quieren ser presidente. De ochenta y tantos “independientes”, quedaron cuarenta y tantos. ¿Por qué tirarle tan alto? ¿No sería mejor que esos ochenta y tantos se unieran e hicieran un grupo de contrapeso a las decisiones del presidente, de los gobernadores, de los presidentes municipales, de los diputados y senadores?

El poder atrae. El servicio no. Nos hemos convertido en un país de candidatos. La ruleta rusa de “a ver si éste sale bueno” ya la hemos jugado. Y hemos perdido décadas. Quizá la respuesta ciudadana ya no deba estar puesta, solamente, en la boleta electoral. Como en otros procesos menos concurridos, habrá que votar tapándose la nariz. Y lo que sigue, nuestra acción, dirigirla viendo hacia los lados (no hacia arriba, hacia “el bueno”, el que me va a sacar del aprieto económico que ahora vivo). Hay demasiado por hacer entre nosotros. No desperdiciemos el tiempo pensando que “otros” lo hagan. Es inútil.

Publicado en El Observador de la actualidad

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