La Biblia y el celular

En una de sus intervenciones destinadas a convertirse en famosas, el Papa Francisco acaba de decir algo fenomenal (de tan sencillo).  Hablando sobre las tentaciones del desierto a Jesús, y las modernas tentaciones, lanzó este buscapiés: ¿qué pasaría si lleváramos la Biblia pegada a nosotros, como llevamos el teléfono celular?

Me acuerdo de un viejo cuento (¡de hace veinte años!) en el que un adolescente decía que quería ser la televisión de su casa para que todos le hicieran tanto caso como le hacían a ella; cuando se descomponía había una movilización total; cuando llegaban sus papás la iban a ver…  Ahora la tele ha sido cambiada por el móvil.  Con la agravante de que al teléfono lo llevamos a todos lados y a la pantalla casera no la podíamos subir al camión o ponerla en la sala de espera del dentista.

Por eso, agudamente, el Papa nos picó las costillas.  Si somos capaces de andar por todo el mundo agarrados al teléfono móvil, por qué no nos agarramos de lo que salva.  Nadie, que yo sepa, ha cambiado de modo de vivir por tener un celular.  Nadie, que yo sepa, ha salido indiferente de la lectura profunda de la Biblia.  Se me dirá: la Biblia no te da estatus y el celular (sobre todo si es un smartphone de última generación) sí, aunque deba hasta la camisa por traerlo.

No es ése estatus es que nos constituye: es el de hijos de Dios.  Se puede usar el celular, sin ser sus esclavos.  Dejemos nuestra libertad en mejores manos.  En las de Dios.  Y saquemos a la Biblia a pasear con nuestro corazón más a menudo.  El mundo lo necesita y nosotros, también.

Publicado en El Observador de la actualidad No. 1131

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