Una reforma contra pulgarcita

telecomunicacionesEn el mes de julio se hizo mayoría para votar la reforma a la ley de telecomunicaciones. Los periódicos han seguido con furor el debate en la actual legislatura, sobre todo en la cámara de senadores. Parecería ser que se les va la vida en ello: como si supieran lo que se mueve por debajo, tras la marea mediática. El dinero que se usa para “cabildear” aparece difuso.

Los cambios pretendidos son importantes en el papel. Por ejemplo, que se establece un plazo de tres años para que termine el costo en las llamadas de larga distancia en Mé­xico; que se licitarán dos nuevas cadenas de televisión abierta en la que no podrán participar empresas que tengan concesiones por 12 megahertz o más, o que las empresas de América Móvil (Slim y su grupo versus Azcárraga y el suyo) no podrán cobrar por la terminación de las llamadas fija ni móvil, y estará sujeta a las tarifas asimétricas hasta que dejen de ser preponderantes… Etcétera.

La mayor parte de los postulados nadie los entiende bien, sobre todo porque van con nombre y apellido (y eso solamente lo saben los portadores del mensaje, los que han sido llamados por la picaresca de los medios, las “telebancadas”). Van a favor o en contra de. Pero no hay nada que cambie en el horizonte de lo único que es necesario transmitir: el saber.

Leyendo a Michel Serres (Pulgarcita. El mundo cambió tanto que los jóvenes deben reinventar todo: una manera de vivir juntos, instituciones, una manera de ser y conocer… Fondo de Cultura Económica, 2013), caigo en la cuenta de algo esencial: los legisladores mexicanos están realizando y organizando las reformas en la materia (una materia que les rebasa por todos lados, menos por el de los intereses de cúpula) siguen “modelos perimidos (caducos) desde hace largo tiempo”. (p. 30).

Es decir: el mundo ha cambiado sustancialmente por la red de comunicación virtual. Los legisladores animan su trabajo pensando en la teoría de “los nervios del poder”. Es que el poder ya no está ahí. Está en otra parte. Está —como dice Michel Serres— en los pulgares de los jóvenes, los “pulgarcitos”.

Publicado en Revista Siempre!

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