Balance

perdonAl término del año solemos hacer un balance de lo bueno y malo. «Lo bueno» suele centrarse en el asunto económico. Lo malo, en la muerte de un ser querido…y en el asunto económico. Subrayo la importancia de un empleo digno, poder sacar adelante a la familia, pagar la educación de los hijos, su alimentación, algún descanso… Pero, siendo sinceros, ¿no le ponemos demasiada «crema a los tacos»? Es decir: ¿no le pegamos al dinero la etiqueta de crucial en nuestras vidas?

En buena parte, la culpa no es nuestra al cien por ciento. Hay un sistema social, que nos confunde y arrincona. El éxito se enmarca en el tener dinero. El fracaso, en no tenerlo. Compramos, con ingenuidad, el hacha que nos va a cortar la cabeza: el plástico bancario, el objeto innecesario, el tren de vida que no favorece más que a la tienda de autoservicio. Compramos lo más inútil para tener paz interior.

Agregarle las bendiciones a «lo bueno» que recibimos este año puede ser vital para que «lo malo» no termine por comérselo. Y para que la agitación y el desasosiego no se adueñen del corazón (literalmente y en sentido figurado). ¿Bendiciones? ¿Eso da de comer? No, no da de comer, pero impulsa a la sencillez de una existencia que ve más allá del estofado o del viaje a Acapulco; del celular como objeto de estatus o del televisor de plasma como signo de estar «dentro» de la nueva era.

Me es imposible citar la belleza de la renuncia. Eso, cada uno, lo vive de forma diferente. Pero la calma que sobreviene tras haber sentido el aliento de Dios a nuestra espalda, tras leer un rato la Biblia y sentarse a mirar la puesta del sol con los seres queridos (todo ello es un gozo que no sale en el Catálogo de Ofertas de Fin de Año), creo que sí lo puedo explicar: porque usted lo ha sentido. Y lo puede usted volver a sentir: ¡es gratis! Como gratis fuimos creados en el Amor. De Dios y de nuestros padres.

Publicado en El Observador de la Actualidad