El engaño estaba en otro lado

Tras una larga y aceitosa calificación, el 31 de agosto se acabó el proceso electoral del primero de julio. No sé si esa práctica cunda en otros países. Lo dudo. Que en México nos tardemos dos meses en contar los votos, significa que todo el dinero que hemos gastado en perfeccionar las instituciones que cuidan las elecciones ha sido, más o menos, en vano. Con ábaco sería más ágil el conteo.

El total de las impugnaciones presentadas por el grupo que lidera López Obrador fueron improcedentes. Tal vez, como dijo un analista, porque se trataban de impugnaciones anecdóticas. Tal vez por esa incongruencia de la izquierda mexicana, que toma todos los puestos que ganó en la misma elección en que desconoce los que perdió. Lo cierto es que la panza de las urnas no era el lugar indicado para investigar. El engaño estaba en otro lado.

Diré, tan sólo, dos elementos que me parecen fundamentales en las pasadas elecciones y que se han ventilado muy poco en los medios nacionales. El primero es que el hoy presidente electo, Enrique Peña Nieto, fue un producto claro de lo que Hans Magnus Enzensberger llamó “la industria de la manipulación de las conciencias”, es decir, del conglomerado de medios comerciales cuya lógica de dominación es la misma aunque con diferente nomenclatura. Y el segundo es que con un país con 19 millones de personas que padecen hambre, 500 pesos, una despensa, un bulto de cemento, una lámina para guarecerse de la lluvia, son suficientes estímulos para prestar el voto a un partido en específico. No digo que solamente al PRI, porque todos hacen lo mismo. Digo que el PRI ganó la partida del hambre. Tuvo más recursos para repartir. Los votos son reales. Casi veinte millones para un candidato como Enrique Peña Nieto, son muchos millones de votos.

En un ensayo publicado a principios de los sesenta del siglo pasado (“La manipulación industrial de las conciencias”), Enzensberger hablaba de la ambigüedad inherente a la industria de la manipulación de las conciencias (también llamada, por aquél entonces, “industria cultural”). Una ambigüedad que consiste en que esta industria “tiene que conceder a sus consumidores aquello que quiere arrebatarles”. Yo nunca había visto tal propaganda previa a los comicios sobre la libertad de votar, la confianza con que se tenía que hacerlo y lo cuidadas que iban a estar estas elecciones. Como tampoco había oído jamás tantas loas y gracias de parte del IFE, del TRIFE, del PRI y de cámaras y estructuras corporativas, a la limpieza, ejemplaridad y capacidad de organización de los mexicanos para tener elecciones-modelo en el mundo.

Siguiendo el pensamiento de Enzensberger, la industria mediática trabajó a la perfección un ambiente en el que sería locura hablar de fraude. Todo lo concentró en el interior de las urnas. En el conteo de votos. En una democracia cuantitativa. Los que de verdad entienden de esto, supieron de antemano por dónde venía la bola ensalivada. Nos entregaban lo que nos iban a quitar. Nos entregaban una democracia formalista y un candidato que cubría los requisitos de esa democracia. Pero nos quitaban la libertad de elegir. A miles por hambre y a millones por miedo.

Publicado en Revista Siempre!

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