¡Aaarrancan!

La amenaza se ha convertido en realidad: millones —literalmente— de spots publicitarios nos atacarán durante los tres meses que dure la campaña presidencial, así como la de diputados, senadores, presidentes municipales y gobernadores que se definen para mandar al país los próximos años. ¿Mandarlo a dónde? Nadie (menos ellas y ellos) lo saben. Una de las características de las campañas mexicanas es que nadie conoce el rumbo. Porque no hay proyecto de nación.

Todos, desde el más escondido diputado hasta el más reputado contendiente a la silla presidencial, todos van a aducir el cambio, el cambio verdadero, el cambio con sentido, el cambio para continuar, el cambio para cambiar, el cambio para ser mejores, para volver al futuro, para transformar el pasado, para, en fin, darle una vuelta a la tuerca de la historia y mostrar que “el cambio soy yo”.

Parodiando a Lenin podríamos preguntar: ¿cambio, para qué? Pues ya está. Para fingir que estamos en la cresta de la ola. Claro que los mexicanos queremos un cambio. Una situación de violencia extrema, con sesenta mil muertos en cinco años, tirados en baldíos, fosas clandestinas, en medio de las carreteras, a pedazos, en los jardines públicos, en las plazas, en los parques, en cualquier sitio; con unas carreteras inclementes, con balaceras en cada semáforo, robos y secuestros, nadie quiere seguir así. Los especialistas en el “spin” comunicativo de las campañas han olfateado el cambio, y como sabuesos van a seguirle la pista hasta lograr el eslogan más “vendedor”, el que más pegue, el que haga lucir la figura del señor o la señora que quieren proyectar ante la gente como artífice del porvenir.

Y, sin embargo, persiste la pregunta: ¿para qué? Para nada, absolutamente. Para seguir iguales. El gatopardismo en su más burda expresión. Los millones de spots hablarán tanto del cambio que corremos peligro de creer que, de verdad, estamos transformando nuestro país. El efecto embrutecedor de la propaganda se asemeja al de los narcóticos que, ahora, todos prometen (sin decir cómo) atacar a fondo, “con todo el peso de la ley”.

Si los creativos publicitarios tuvieran una pizca de conciencia histórica, buscarían posicionar a su candidato o candidata de una forma diferente a lo que dicen las encuestas y los grupos de discusión. Tienen a la mano, por lo menos, doscientos años de historia de Independencia. El problema es que no conocen de dónde venimos, por lo que no saben a dónde podemos llegar. Igual que pasa con los candidatos y las candidatas.

Publicado en Revista Siempre!