Primero de julio

La batalla mediática por las elecciones presidenciales lleva ya carrera larga. Los spots de uno y otro bando no hacen sino reproducir hasta la náusea la vieja costumbre del político mexicano de mentir sin misericordia alguna. Es igual ver o escuchar un anuncio del “nuevo” PRI como uno del “nuevo” López Obrador. El PAN continúa en su etapa de oposición. Y sigue apostando a que la gente no se dio cuenta de que ya gobernó México durante doce años. Y que el cambio no se notó.

La mentira política ha creado una especie de subcultura entre la gente. Lo que nos dicen los candidatos —sabemos— es exactamente aquello que no van a llevar a cabo. El cinismo al que se ha sometido la lucha electoral, aunada a los costos astronómicos de las campañas políticas en nuestro país, han convertido a los spots en mensajes cifrados para los posibles donadores. “No se vayan con aquél, pues solamente yo les garantizo que su dinero se verá multiplicado, como dice el Evangelio, al ciento por uno”.

El asunto es que se gastan millones de pesos, miles de millones de pesos, en vigilarnos unos a los otros, en no dar tregua al vecino, en apuntarse para que le vaya mal al gobierno en turno (sin importar que a la que le va mal —al final del día— es a la gente). Tan no importan los mensajes publicitarios de los políticos que en muchas bardas del país todavía se pueden observar letreros impulsando a Colosio o a Zedillo. Han pasado dieciocho años de que el partido las mandó pintar. Y nadie se percata que ahí están, como mudos centinelas de un gasto inútil.

¿Por qué cuestan tanto las elecciones? Yo sé que el financiamiento público y los topes de campaña son dos elementos que cierran el paso al dinero sucio. Pero, ¿le cierran el paso de verdad? El dinero sucio se canaliza por otras partes. Y lo que queda es la orgía de anuncios con la que cada seis años nos embotan los sentidos. No podemos discernir quién es el idóneo. Quizá de eso se trate: de dejarnos a oscuras, aislados, embrutecidos de tanta promesa vaga y de tanta realidad tan cruel. Y que votemos por el que mejor retrate en pantalla.

No hay ideas. No hay programas. Hay intereses. La verdadera política no es de intereses. El estadista ve por el bien de todos, no por el bien de los que le pagaron la campaña para llegar a la silla. Es una lástima que el IFE no se detenga a pensar en esto. Y que deje correr el tiempo de las pre-campañas, las campañas y las post-campañas, como si estuviéramos en Jauja.

Publicado en Revista Siempre!

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