Perdón

Todos los sabios que en el mundo han sido, guiados por la luz del Espíritu Santo (hablo de los sabios de verdad, no de los eruditos), coinciden en señalar que el perdón ofrecido y recibido con alegría nos sana, nos reintegra a la vida, nos da alas, nos hace ser lo que somos, ser de otro modo, ser más.

Navidad es el tiempo propicio para pedir perdón y para recibirlo de Dios. Cuando en el Padrenuestro exclamamos «perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden», estamos proclamando quizá la diferencia grande del cristianismo con respecto a otras religiones monoteístas. Dios, para nosotros, es Amor. Y no hay amor sin perdón.

«El perdón –dijo santo Tomás Moro—es la venganza de la sabiduría». Si, la venganza contra la mezquindad, contra el egoísmo, contra el «amor propio» que fundamenta la infidelidad. El sabio perdona y pide perdón; el indolente se queja, se justifica, se enconcha en su miseria, deseando que al otro, al «ofensor», al «enemigo», le vaya mal. De preferencia, muy mal. Su victoria está en la derrota del otro. Pero esa no es la caridad de Jesús. Es, desde luego, la «sabiduría» del Diablo.

Desde la humildad de esta columna, quiero pedir perdón a todos los que he ofendido tontamente este año. Lo hago con el corazón contrito, pidiendo a Dios que me ilumine y me envíe la Gracia para no volver a ofenderlos. Soy humano, soy limitado: vasija de barro mal cocida. Pero puedo levantarme de la ceniza y escribir los beneficios recibidos en tablas de bronce y las ofensas en la arena. Que se las lleve el viento.

Somos lo que amamos. Y lo que perdonamos. Perdona tú, mi amigo, mi hermano, mi prójimo. Perdóname y ayúdame a vivir como un hombre del mundo en el corazón de la Iglesia. Y a ser un hombre de Iglesia en el corazón del mundo.

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