¡Mil gracias!

Termina el período durante el cual fue obispo titular de Querétaro monseñor Mario De Gasperín Gasperín. Del 5 de mayo de 1989 al 20 de abril de 2011 dirigió esta magnífica porción de la Iglesia universal. Entrega, como administrador apostólico, la estafeta a monseñor Faustino Armendáriz Jiménez el próximo 16 de junio. Se queda con nosotros a vivir.

Vislumbramos a un obispo emérito en plenitud de facultades intelectuales. Listo para escribir y enseñar: sus dos pasiones, junto con el estudio, la oración y la reflexión.

El Observador nació con su impulso. Como tantas otras empresas en donde los laicos estamos absolutamente involucrados. Tal vez porque le tocó vivir el anuncio del Concilio Vaticano II en Roma, como estudiante, ha sido un fiel intérprete de su contenido, de sus líneas de acción. Nos ha dado la libertad de emprender, de apoyar, de formar un frente común para atender tanto las necesidades de la cultura, como las necesidades materiales de los pobres.

Su apertura viene ligada a su experiencia y a su vecindad con los libros. En particular –como especialista en Sagrada Escritura—con la Biblia. Para don Mario, el único protagonismo que cabe es el de Jesús de Nazaret. Pide siempre que seamos «católicos normales», de esos que están pegados a la vid sin querer ser ellos la vid. De los que se conforman con ser el sarmiento.

A nombre de las 63 personas que trabajamos, directamente, en El Observador, Alvida y BRED, más los escritores, editorialistas, corresponsales; más nuestros aliados de Zenit y EWTN; más los 50 voluntarios y las comunidades y los asilos y los bienhechores tanto como los beneficiarios de los bancos de ayuda; a nombre de las miles de familias que nos leen cada semana, de las 35 mil personas que atendemos al mes en Alvida y BRED; a nombre de mi familia, nos queda una sola palabra en los labios, una sola presencia en el corazón.

La palabra es gracias. La presencia es la de un pastor bueno, que nos ha enseñado a amar a Jesús y a predicarlo en medio de la tormenta que es ahora nuestro mundo. Otras vez y siempre, señor obispo emérito, don Mario, ¡muchas gracias por todo!

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