Mcluhan: centenario

Como tantos otros, el centenario del nacimiento de Marshall Mcluhan nos ha pasado desapercibido. Se conmemora este 2011. El célebre pionero del pensamiento sobre los medios de comunicación, quien acuñó una serie de frases misteriosas y punzantes sobre los mismos, ha dejado de ser lo que fue, un estupendo acicate para comprender los medios, para convertirse en una referencia histórica, a veces hasta ridícula, en las escuelas donde se enseña comunicación.

¿Cuál fue el verdadero aporte de Mcluhan en el conocimiento de los medios? Yo diría que es doble. Primero, que los medios nos han situado en una “aldea global”, es decir, en un mundo interconectado en el que las peculiaridades colectivas se irían perdiendo, en función de una homogeneización de la cultura (en este caso, de la cultura del capitalismo), y lo segundo es su conocida frase de que “el medio es el mensaje”.

Sobre ésta última se han dicho muchos disparates. Apocalípticos e integrados, siguiendo la distinción de Umberto Eco ante lo que él llamaba la cultura de masas, han tomado para sí la frase de Mcluhan y le han quitado su capacidad de explicación de la influencia, por ejemplo, de la televisión. Unos, los apocalípticos, piensan que el mensaje es lo que importa del medio, y que el mensaje de la televisión está provocando el caos en el que vivimos. Los otros, los integrados, optan por creer que el medio es inocuo, que no daña a nadie, que, al contrario, es muestra del progreso general y de la modernidad absoluta.

Si el medio es el mensaje, la televisión misma lo es, de tal suerte que “lo que diga” la televisión, en sus programas o en sus anuncios, es, desde el punto de vista de Marshall Macluhan, poco relevante. Lo que condiciona el mensaje no es la calidad del mensaje, sino la calidez o la frialdad del medio por el cual se emite.

Desde un punto de vista pragmático, no reconocer el apotegma macluhaniano ha acarreado que la función de los diferentes órganos reguladores de la comunicación pública se dirija (en el mejor de los casos) a revisar los contenidos y a dejar en libertad el desarrollo de los medios, cuando sería mucho más importante controlar la concesión o la facultad de explotación industrial y comercial (también política e ideológica) de la televisión, la radio, etcétera.

Si el medio es el mensaje, obviamente, el mensaje es el medio. La televisión es el mensaje. Con todo lo que la televisión —como medio— es. Un mensaje que tiene muchos usos entre la gente, la mayor parte de ellos, muy desligados del contenido de los programas del medio. Mcluhan llegó a decir que “el contenido o mensaje de cualquier medio particular tiene tanta importancia como un grabado en la cubierta de una bomba atómica”. Es decir, nada. La bomba explotará y matará, aun si en su cubierta vinieran pintadas en grandes caracteres palabras de amor y de paz.

Como buen “profeta” Mcluhan habló en parábolas: “medios fríos y calientes”; “galaxia Gutenberg”, “galaxia Marconi”, “aldea cósmica”, etcétera. Y muy pocos le entendieron.

Publicado en Revista Siempre!

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