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La próxima semana, concretamente el jueves 16 de junio, se realizará en Querétaro la sucesión apostólica del obispo don Mario De Gasperín Gasperin y el obispo don Faustino Armendáriz Jiménez.  Es una alegría para la diócesis y una comprobación más –por si falta hiciera— de que los asuntos de la Iglesia católica corren por cauces muy distintos que los del poder político.

En efecto, la sucesión de los apóstoles –los obispos son eso: sucesores de aquellos doce que eligió Jesús—garantiza todo lo que no garantiza el cambio o la alternancia política: continuidad, profundización en las iniciativas, respeto a las personas y trabajo de conjunto.  En nuestro país, cuando hay cambio político, casi todo suele comenzar de cero.  Más cuando se trata de partidos divergentes o, peor aún, rivales.  Eso cuesta muchísimo.  Tanto en dinero como en descomposición del tejido social.  Como en tantas cuestiones de la vida pública, la Iglesia marca la pauta en materia de sucesión de gobierno.

Don Faustino llega de Matamoros, Tamaulipas.  No es un secreto que en el noreste del país la situación de violencia es extrema.  Él ha sido un obispo muy valiente.  Ha pronunciado las palabras justas.  Y ha sabido mantener el tono de prudencia que exige el desgaste de las instituciones policiacas tanto como la penetración del narcotráfico en lugares como Matamoros.  También llega de Sonora, de Magdalena, evangelizada por uno de los misioneros más serios del siglo XVIII en la Nueva España: el jesuita Eusebio Kino.  El lema de la misión lo trae grabado en el centro de su programa de trabajo.  Porque la hora de México exige una Iglesia misionera.  Una Iglesia que batalle, palmo a palmo, contra esa nueva forma de esclavitud que es el relativismo.  Que saque la casta.  Y salga, como los discípulos, a predicar la Palabra, no solamente con la boca, sino, principalmente, con el testimonio del amor.

Bienvenido sea, don Faustino.  Encuentra usted una diócesis unida, un presbiterio extraordinario y un laicado comprometido en la nueva evangelización.  Una diócesis que refleja 22 años de trabajo fecundo de don Mario, y es dueña de una historia riquísima que le augura la posibilidad de seguir la siembra y la cosecha de almas para la vida verdadera.

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