Nuestra Madre

Doña María de las Heras es cabeza de una compañía encuestadora muy seria. Como todas estas empresas, llega el 12 de diciembre y se pone a hacer estudios de opinión sobre la vigencia del fervor a Santa María de Guadalupe en México.«En lo personal —escribió María de las Heras en El País el pasado 7 de diciembre— no comparto el fervor a la Virgen de Guadalupe, por eso no deja de sorprenderme que el 64% de los adultos de México confiesen que sienten una gran devoción por la Virgen Moreno, y que conste que la encuesta que entregamos hoy (…) es telefónica, es decir, que no estamos hablando ni de los más pobres ni de los que tienen niveles educativos más bajos».

Según cálculos de la propia investigadora, 30 millones de adultos (más niños y adolescentes) van cada año a visitar a la Virgen en su Basílica. «Y, según lo que descubrimos en la encuesta, el fervor guadalupano paga y muy bien, porque cuatro de cada diez personas que entrevistamos aseguran haber recibido personalmente un favor o milagro de la Guadalupana, y otro 9% dice que personalmente no lo ha recibido pero conocen a alguien que sí ha sido favorecido por la Virgen»..

Estoy seguro que usted adivina la media sonrisa de la señora de las Heras: «estos mexicanos, pobrecillos, siguen creyendo en el cuento de las apariciones y de que la Virgen de Guadalupe es su benefactora». Ella, como tantos otros (no muchos) «intelectuales» tiene «la verdad». Y aunque las encuestas le arrojen resultados «sorprendentes», no da su brazo a torcer: México sigue atorado en el fanatismo religioso y en la esfera de la devoción a Guadalupe: en pleno Tercer Mundo.

Lo que no saben gentes como la señora de las Heras (o sí saben pero se hacen guajes) es el inmensísimo valor de unidad, de esperanza, de reconciliación, de paz y de concordia humana que es el acontecimiento guadalupano: el hecho que funda a México como nación, le da un destino y un papel inigualable: construir aquí y desde aquí, la casa del amor. Que Santa María de Guadalupe es nuestra Madre, nuestra estrella, nuestra guía, nuestra identidad y el asidero que tenemos los mexicanos para vivir  juntos. Los datos de campo lo confirman. Pero más lo confirma el corazón de los mexicanos, el tuyo y el mío, que no son sujetos de encuestas ni de estudio demoscópico alguno; que son sujetos de la fe en la belleza de una Madre que nos enseña que Dios es Padre.

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