El Librero de Varsovia

Aquellos que hayan leído El Padre Elías, de Michael D. O’Brien, disfrutarán el doble su segundo libro de la trilogía sobre el Apocalipsis actual que lleva por título El Librero de Varsovia.  Sin embargo, no es necesario haberlo hecho: la novela que narra la vida de David Schäffer —un joven judío recién escapado del gueto de Varsovia, que veremos más adelante como el padre Elías— y su salvador, Pawel Tarnowsky (el dueño de la librería «La Casa de la Sabiduría», católico desencantado, místico y, finalmente, mártir), se sostiene por sí sola, por la belleza de sus diálogos, por el suspenso que está latente en todo la novela, hasta su desgarrador final, por los hilos que unen la trama con la siguiente o la anterior novela y, en fin, por todo aquello que realza, de verdad, a la literatura católica contemporánea: la puesta en escena del eterno drama del bien que enfrenta al mal y de cómo la gracia sobreabunda donde abunda el pecado.

Un frío invierno del alma

La acción se desarrolla en un solo plano, aunque el principio y el final muestren cómo se desencadenó la vocación de David —un prominente judío, juzgador de nazis y con carrera brillante en el derecho y la política— a convertirse en lo que sabíamos que era: un católico que, después, habría de ser monje carmelita. La clave está en el grueso de la novela, en el encuentro del judío excepcional con su salvador y, más tarde, padre espiritual, Pawel Tarnowsky.

David, con apenas 16 o 17 años de edad, lograr huir de la muerte al escabullirse como una rata, aprovechando un leve descuido de sus guardianes nazis. Corre despavorido por la antigua Praga con los nazis pisándole los talones y las balas rozándole el cuerpo. Llega a un callejón sin salida, se refugia en el quicio de un negocio y, cuando la patrulla que le perseguía está a punto de encontrarlo, unas manos milagrosas lo meten dentro de la casa y lo refugian en el ático, despistando a los alemanes. Eran las manos de Pawel Tarnowsky y la casa era la librería «La Casa de la Sabiduría».

De ahí arranca la historia de las conversaciones en el ático entre David, el sorprendente muchacho judío, piadoso y sabio, con el católico Pawel Tarnowsky, de quien conocemos toda su vida. Es el invierno más duro de la guerra y de la invasión nazi a Polonia, el de 1942 a 1943. Contrastará, a lo largo de las 500 páginas, el calor de la conversación interna con el frío de la intemperie, con el horror de la guerra y de la barbarie.

Conversión y martirio

David y Pawel muestran, cada uno, lo más profundo del judaísmo y del cristianismo. Al paso de los días, las conversaciones en el ático, así como la obra de teatro que escribe Pawel, sobre Andréi Rubloev, el famoso pintor de íconos ruso, nos abre la perspectiva de las diversas manifestaciones de Dios y de la riqueza de la cultura generada por Jesucristo. Y asistimos al resultado de lo que implica asumir a fondo la fe: la conversión hacia el bien.  En el caso de Pawel, de una vida sin sentido a una vida plena en el sacrificio; en el caso de David, de una religiosidad austera a una religiosidad hacia el amor del otro.  La conversión siempre enfrenta al martirio.  Y nadie ama más al otro sino el que está dispuesto a dar su vida por él. 

Hermosa (y dolorosa) metáfora del testimonio cristiano en tiempo de guerra, que son los tiempos nuestros. La misma idea que se dibuja en el fondo de El Padre Elías: la humanidad tiene futuro si se esculpe desde el amor, desde el perdón y desde la experiencia compartida de Dios. Porque el amor no es algo abstracto, es una obra de entrega que se va delineando en el horizonte del tiempo, de la vida que a cada uno nos ha tocado vivir.  ¡Formidable!

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